La columna de Carlos. Humanos y perros una relación bonita y complicada

La amistad que se ha creado a lo largo de los años entre los hombres y el can pasa por un montón de obstáculos, ¿en cuántos de estos te has visto?

Se crea un vínculo difícil de explicar
Se crea un vínculo difícil de explicar

Un buen amigo desea compartir su tiempo con sus amigos. Un buen amigo está dispuesto a renunciar a "sus cosas" por "las cosas" de sus amigos... Un buen amigo disfruta "a tope" de sus vacaciones si las comparte con sus amigos. 

Vivimos en una sociedad bastante egoísta: mi trabajo, mi coche, mi marido, mi mujer, mi tiempo... ¿Mi perro? El egoísmo y la tenencia responsable de un animal de compañía no tienen una fácil relación. Trabajamos mucho, ganamos lo justo, tenemos poco tiempo libre, estamos cansados... ¿Dónde metemos al perro? 

Nuestro peludo amigo come, descome, necesita ir al veterinario, requiere juegos y paseos, debe estar limpio... Demanda nuestro tiempo... ¡¡Y nuestro dinero!! Es una obligación más en la interminable lista que ya tenemos grabada en nuestro disco duro.

¿Inconvenientes? todos los dichos y muchos más. Como por ejemplo la que se les carga a los humanos que tienen un PPP (“perro potencialmente peligroso”) que tienen que soportar miradas de miedo, mucho recelo por parte de vecinos y algún juicio de la sociedad simplemente por llevar a un animal de estas razas, aunque sea lo más amoroso y alegre del mundo. Tener un can conlleva una gran responsabilidad y de propina ¡¡están mal vistos!!
Tras esta avalancha de datos negativos se estarán planteando no tener perro en su vida, y si lo tienen, estarán pensando si la decisión ya tomada fue la correcta.

Es difícil expresar sentimientos como el cariño, la amistad, el amor... Los que los han sentido saben de lo que se habla pero les es complicado expresarlo con palabras. Un perro proporciona todas esas sensaciones al que decide responsablemente compartir su vida con él. Un peludo consigue de sus propietarios las mismas frases y ñoños arrumacos del quinceañero enamorado: “¡¡mi rey!!” “¡¡Lo más bonito de la casa!!” “¡¡Te comía!!”

¿Cómo no va a ser maravilloso compartir la vida con un ser dispuesto a darte todo sin ofrecerle nada a cambio? ¿Cómo se puede valorar el recibimiento diario al borde de la locura y feliz enajenación cuando llegamos a casa (cuando el resto de la familia ni se levanta del sillón)?

Es una amistad que va más allá del estatus social que vivan

Recuerdo que hace muchos años un buen amigo me recomendó la lectura de un editorial de la revista ‘El Mundo del Perro’. En él planteaban la escalofriante situación de hambre y penuria que padecen en Etiopía y el cuerno de África. Una situación que jamás nos haría pensar en una relación hombre-perro con un exclusivo trasfondo de relación de compañía. Muchos de los habitantes de los países "económicamente solventes" podrían pensar: esas gentes deberían sacrificar a sus perros para saciar su hambre. Para nuestro asombro, esos hombres, lejos de devorar a sus amigos de cuatro patas, comparten con ellos su ridícula ración. El vínculo que se forma entre ese hombre y ese perro, la relación que propician esas extremas condiciones resumiría la grandeza de la relación "en estado puro" del hombre y su mejor amigo.

Las exigencias de una tenencia responsable, las obligaciones del día a día, los gastos, los sustos, los disgustos... Se diluyen poco a poco entre las maravillosas aportaciones que nos regala de forma desinteresada nuestro amigo el perro.

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