El jerbo y el estudiante de veterinaria, mi primera intervención

Los roedores no son mascotas de segunda, pueden ser la motivación de un chaval para convertirse en veterinario. ¿Quiere ser tu hijo doctor de los animales? Cuéntale esta historia...

Los jerbos son excelentes compañeros de los jóvenes
Los jerbos son excelentes compañeros de los jóvenes

Los pequeños mamíferos, así como las aves, los perros, los gatos, los peces y los reptiles también formaron parte de mi familia. Entre todas las interesantes posibilidades que nos ofrece este singular grupo de animales, un servidor, con la inestimable ayuda de mi hermano Antonio, se decantó por una única especie de animal: el jerbo.

Nos sorprendió su gran parecido con los canguros, su forma de ponerse en pie sobre las patas traseras, sus veloces carreras por la jaula, sus largos e incansables bigotes...

Un chaval puede tener un jerbo siempre que asuma todas las responsabilidades

Conseguimos convencer a nuestros padres de lo conveniente de incorporar uno de aquellos seres vivos al hogar, tras argumentar cientos de veces que los pequeños de la casa nos responsabilizaríamos totalmente de sus cuidados, etc. Aquel nuevo amigo entró en nuestras vidas, eso sí, con todos los derechos y con unos cuantos deberes.
Sin casi darme apenas cuenta pasé del colegio a la universidad. Estaba en el último curso de mi carrera, aunque era difícil asumirlo, cada vez era más consciente de que en unos cuantos meses sería un licenciado, un profesional “con todas las de la ley”.

Durante aquel último año de facultad, la habitación en la que estudiábamos mi hermano y yo tenía un inquilino fijo, un jerbo que vivía a cuerpo de rey: una espaciosa jaula con un amplio refugio, los mejores y más adecuados alimentos, limpieza diaria, agua fresca... y mucho, mucho cariño.

Pero una mañana me di cuenta de que mi pequeño amigo tenía una de sus extremidades delanteras muy encogida. No hicieron falta radiografías para confirmar el diagnóstico: su extremidad anterior derecha estaba prácticamente “colgando”, su húmero se había roto. Durante el último año de carrera mi interés por la cirugía se había manifestado con total claridad, las prácticas en quirófano, la asignatura de cirugía y la lectura, casi compulsiva, de libros sobre traumatología hicieron que tomara una rápida y arriesgada decisión: tenía que operar a Charlie. 

Cuando comenté a mi familia que nuestro pequeño amigo se había roto la pata, dijeron prácticamente al unísono que debíamos acudir al veterinario. Aquella lógica respuesta me produjo un gran desasosiego, “¿Al veterinario? Pero, ¿y yo? ¿Qué estoy estudiando? ¿Es que nadie se da cuenta de que la solución al problema de Charlie puede estar en casa?” 

Me preguntaron abiertamente que si estaba loco, pero ellos me conocían mejor que nadie y aceptaron la evidencia: el único que pondría las manos sobre aquella fractura sería yo. 

Aunque no lo hice solo, pedí colaboración a uno de mis mejores amigos y compañeros: José María Rubio.
Entre los dos estudiamos en profundidad el caso: la anestesia más adecuada, el material del que debíamos disponer para la intervención y una calurosa tarde de primavera nos dispusimos a realizar nuestra primera intervención quirúrgica: reparar la fractura del bueno de Charlie. Por suerte, no por experiencia, todo sucedió como habíamos planeado: una buena anestesia, una fractura limpia, una operación corta... Allí estábamos los dos estudiantes de veterinaria delante de su primer caso resuelto, allí estaba yo delante de mi buen amigo Charlie, esperando que se recuperara de la anestesia... Y por fin despertó.

Aquella noche fue muy especial. Le habíamos preparado una caja mullida con algodón y tela para evitar que se golpeara; nos habíamos asegurado que bebiera algo de agua... pero a pesar de nuestros desvelos Charlie pasó una mala noche. Ni él ni yo pegamos ojo, pero mereció la pena.

Fueron pasando los días sin mayores complicaciones, cuando iba a cumplirse el séptimo día tras la cirugía, día en el que me disponía a quitarle los puntos, me di cuenta de que Charlie ya se había encargado de realizar mi trabajo: en su pata operada no quedaba ni un mínimo resto de material de sutura. El animal se había liberado del pequeño vendaje y había mordido uno a uno los puntos hasta dejar limpia su bien curada herida.
Charlie estuvo con nosotros un año más, un año en el que nuestra relación fue aún más especial.

No son animales de segunda

Entre otras cosas, con esto os quiero decir que los pequeños mamíferos pueden llegar a ser grandes amigos, a pesar de su pequeño tamaño, pero nunca debemos olvidar que no son mascotas “de segunda división”.
Aunque su precio, su tamaño y sus cuidados sean “menores” que los de un perro, son seres vivos, animales que al entrar en nuestros hogares han de ser cuidados con respeto, con cariño y con mucho conocimiento.

Continúa leyendo

CONTENIDOS SIMILARES

COMENTARIOS